lunes, 19 de marzo de 2012

Asidos.

             Lluvia.
"Soy gitano de Ashkenazim".  

        El hecho de que además fuera judío parecía no importarle, sin    embargo siempre se había sentido "doblemente perseguido", desde el tiempo de sus más primitivos ancestros. Que fuera gitano explicaba en alguna forma su talento para ver el color de las personas. Aprovechando sus deseos de continuar hablando (yo adiviné eso en su expresión, no en su color) , me dispuse a escucharlo:
  
       "Los gitanos tenemos una bandera. Tiene una rueda roja muy grande en el medio,  una rueda de carromato. Esta rueda tiene dieciséis  rayos que resaltan en un fondo de color. Los ocho rayos superiores sobre la parte azul,  el cielo. Los ocho inferiores apoyan sobre el verde, las praderas..."

Fede paró el relato en seco y sacó con nerviosismo el papel metálico que recubre los cigarrillos que están adentro de los Marlboro box.  Me pidió algo para dibujar. Rápida y sumisa manoteé una lapicera  de mi cartera y se la entregué, temía que saliera de su trance farfullador. Garabateó una rueda de dieciséis rayos y siguió:

"...Si te fijás, los espacios que quedan delineados entre los rayos forman gajos, como flechas invertidas...."      Mientras,  iba marcando en cada gajo una flecha de las tradicionales apuntando hacia el lado contrario.   Continuó:

"... en el centro de algún lado de mundo, nosotros decidimos separarnos para buscar nuestro lugar en el mundo. Así que cada uno de los dieciséis que éramos  partimos hacia donde nos indicaba la flecha. Partimos hacia todas las direcciones del planeta buscando un lugar para ser aceptados. Antes de salir hicimos un gran festín  y tocamos nuestros instrumentos, bruñimos nuestros metales, tallamos nuestras maderas, leímos nuestros desvelos, repartimos nuestros espejos y comimos y bebimos y holgamos y cantamos y bailamos hasta el cansancio alrededor de una rueda como ésta, que habíamos dibujado en ese suelo tan nuestro y del que ahora nos expulsaban. Sin querer nos fuimos quedando dormidos, cada uno en un gajo. Era nuestro destino. La rueda nos indicaba a cada uno la dirección hacia donde deberíamos partir al despertar. Y así de solos empezamos nuestra nómada. Venimos caminando hace centenares de años. Desparramados por el mundo nos perdimos, no nos volvimos a ver nunca más. Nos mezclamos pero seguimos siendo gitanos, con nuestra lengua, en cualquier parte del universo donde nos hallemos... Un gitano de Armenia de familia de orfebres,  habla el mismo idioma que uno de familia de adivinos  de Argentina o que un gitano de la rama de los músicos de Indo China. No importan las distancias, ni el tiempo,  nuestra cultura perdura.”
                
          Estaba impresionadísima,  Fede  hablaba en romani y yo comprendía absolutamente todo.  Mi fascinación era tal que me desbordaban los interrogantes. Lo interrumpí para preguntarle sobre su Don, su adivinanza.- ¿o no lo hice?- Me miró fijamente y se sonrió despreocupado ¿De qué color me estaría viendo? 

             "Cuando los gitanos se casan..." - noté que había dejado de hablar en  primera persona del singular y mi pensamiento o mi cara, o mi color deben haber sido muy intensos en lo que hayan expresado porque quiso empezar la frase nuevamente y no pudo. Así que aclaró: 

"Soy una piedra sola." 

Nos quedamos mirando llover durante horas. 
Intentó cambiar el tema  pero finalmente improvisó un nuevo comienzo:

      "Tenemos una tradición para los gitanos que se unen en matrimonio: Ellos se hacen poseedores de un gran cuenco de vidrio que contiene muchísimas piedras de colores. Ámbares, amatistas, berilios, granates, aguamarinas, cornalinas, cuarzos... Cada piedra un color, cada color un significado.  
       Cada final del día, una elección.  Por turno y  antes de sumergirse entre las sábanas, cada uno de  los amantes se venda los ojos  para sacar una sola  piedra de adentro del  vasijón:
Cuarzo verde: vitalidad, Coralina roja: desengaño, Crisobelino amarillo: familia, Hematite plateado: encuentro,   Topacio: enojo, Ámbar violeta: pasión.  Cada noche, con cada piedra, cierran un día de convivencia, dialogan en la intimidad sobre  ese día, se besan...  pasan a otras cosas…”

Fede se detuvo nuevamente , me miró a los ojos nuevamente, me sonrió despreocupado... -¿de qué color me estará viendo ahora?- de nuevo la pregunta.


"Pasados veintiocho días, la ceremonia cambia: los esposos  separan las piedras asidas  durante ese período en  "positivas" y "negativas" , luego eligen -ahora con los ojos bien abiertos-   las piedras que querrán conservar para toda la vida. Esas las guardan en un nuevo recipiente, seleccionado cuidadosamente por ambos. Cuando se avecinen malos tiempos, siempre podrán abrir el tesoro y recordar lo positivo que todavía tienen”

La tormenta nos abandonó y también la magia. Nosotros, asidos del alma. 
Se detuvo el tiempo. Tengo que irme.  El reloj no se detuvo a las seis de la mañana y en casa me esperaban. Fede me despide con una caricia en la espalda y me habla al oído. No logro escuchar claramente pero creo que dijo Ágata, ágata azul.









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