sábado, 18 de marzo de 2017

Cuatro meses.


Encontró a la laucha en el piso, recostada al costado del plato - el manjar con veneno que Laura había preparado con argucia  la noche anterior-  exhibía claras huellas del  atraco.  "Te gané"- le dijo.

Se habían visto por primera vez a finales de enero y se gustaron de inmediato. Mario y Laura  se encontraron en el momento justo para comenzar una relación nueva, que les permitiera reivindicarse en el amor. Ambos separados, lastimados por sus ex parejas, con hijos ya criados y solos hace largo tiempo andaban buscándose sin saberlo y también casi sin darse cuenta terminaron compartiendo todo su tiempo. Para mediados de marzo ya estaban conviviendo. 

Fue para  mediados de abril que se vio por primera vez con ella: Abrió la puerta de entrada a la casa y la lauchita corrió rápidamente desde abajo del sillón de dos cuerpos del living  hasta el aparador de la cocina. Tan veloz fue la alimaña que Laura dudó por unos instantes de su vista; esa sombra que atravesó la casa en escasos segundos podría ser sólo producto de su imaginación, una alucinación "leve" producto de las dos copas de vino que había tomado durante la cena -cumplían un mes de noviazgo y lo habían estado festejando en forma- o simplemente un efecto visual provocado por la reverberación de la luz del pasillo sobre los pisos de cerámica encerados. El terror no evitó que le hiciera el escandalo a Mario: "¡No esperarás que me quede a dormir en tu casa con ese bicho dando vueltas! ¡Me da miedo! ¡Mucho miedo! ¡Salgamos a acá! ¡Ya!" Así pasaron su primer "mesaniversario", cada cual en su cama.
Mario se encargó de conseguir a Hermes, el gato  de su vecino, asegurando que el olor del felino la ahuyentaría.  El negro, obeso, viejo y miedoso gato  maullaba desesperado frente a la puerta de la cocina que daba al  patio  pidiéndole auxilio a su dueño que se reía como bobo del otro lado de la medianera,  de su bobo  gato.  Laura volvió.

Para la semana siguiente el episodio se había olvidado. Eso creía Mario. Pero Laura entraba a la casa, no sin cierta agitación, pisando despacio, sigilosa, esperando sorprender a la intrusa. Esperando no ser sorprendida. 

Una noche, a mediados de mayo, mientras cenaban festejando el tercer mes de convivencia, Mario intentó un arrumaco bajo la mesa y se desató el desastre: "¡Me tocó la rata! ¡Está abajo de la mesa! ¡Me tocó! ¡Me tocóóó!"  Para cuando Mario logró hacerla entrar en razón, el sobresalto que le causó el roce del  pié sobre su entrepierna había sido tal que  hizo que vasos, platos, botellas y comida terminaran desparramados por todo el comedor. Los cerámicos ahora estaban opacos. 

Para principios de junio la casa de Mario estaba llena de trampas, a las que periódicamente le ensartaba con cuidado todo tipo de exquisiteces y golosinas: una rodaja de chorizo, un canapé de pescado, un trozo de empanada de jamón y queso... la laucha parecía conocer a la perfección el mecanismo. Con más cuidado que él, se las ingeniaba para mordisquear las delicias rodeando la guillotina metálica, logrando devorar todo lo que le ofrecía sin sufrir el menor daño.  Mario y Laura se divertían en la cama, después de hacer el amor, pensando cómo haría la desgraciada para zafar de toda la maquinaria de anzuelos que había plantado en la casa. "No va a pasar por la puerta de lo bien alimentada que está. Un día de estos la invitamos a sentarse a nuestra mesa. le estoy tomando cariño." Laura se esforzaba en controlar su miedo, se ponía entusiasta y positiva, teniendo la convicción de que finalmente Mario acabaría con el asqueroso huésped.
Para fines de junio  las tramperas dejaron de ser gambeteadas y el alimento que albergaban quedó intacto. "Se fue" Sentenció Mario -y Laura le creyó.

Fue en otra noche, a principios de Julio, que Laura,  olvidada por completo del animalito, la vio por segunda vez. Ahí estaba, más grande y regordeta, en la cocina, haciendo equilibrio en el segundo cajón entreabierto de la alacena, tratando de llegar  donde guardaban los víveres. Se miraron a los ojos durante un instante, luego la laucha saltó rauda y se escondió debajo del aparador. "Vive acá y está cómoda."-reflexionó. 
"Las come y explota ¿Cómo se las ponemos?" preguntó Mario mientras intentaba leer las instrucciones sin anteojos. Sin esperar respuesta abrió el paquetito y esparció unas quince semillas azules por el piso de la cocina, cerca del tacho de basura. Luego, con una cuchara las acomodó en un dibujo que parecía un corazón. Los días pasaron y el corazón seguía con idéntica forma y con igual cantidad granos tóxicos. "Se fue, te lo dije. Se fue." Volvió a sentenciar Mario.  "Ella sabe, son bichos milenarios. No las mató ni la bomba de Hiroshima, ¿sabés? No la vamos a engañar nosotros con  esas pocas pepitas que le dejaste ahí"- chilló Laura. "¡Mujer! ¡Date cuenta que no está más".  Laura decidió creerle por segunda vez. 
Pero a la mañana siguiente, preparando la masa para la tarta del mediodía, encontró el paquete de harina todo rasguñado, "Lo abrí yo así"- mintió Mario- y comprendió que la laucha  se  había burlado de Mario nuevamente. Y Mario de ella; de Laura.  Así que por la noche, vació el paquete completo de las ponzoñosas granas azules sobre el plato de loza blanca, las cubrió con harina más blanca que la loza hasta formar una montaña preciosa y suspiró. "Hace cuatro meses que vivimos juntas, hace cuatro meses que te alimento. Esta vez te preparé  algo rico. No hace falta que escarbes mi paquete de harina, te la doy en mi plato."

Por la mañana encontró a la laucha en el piso, recostada - el manjar con veneno que Laura había preparado con argucia  la noche anterior exhibía claras huellas del  atraco.  La "ocupa" agonizaba.  "Te gané"- le dijo- "Te gané yo solita". Barrió a la laucha dentro de una bolsa, la tiró a la basura, fue a hasta la habitación de Mario, dobló y guardó toda su ropa en un bolso, salió a la calle y cerró la puerta de  calle de la casa de Mario por última vez.

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