viernes, 31 de octubre de 2014

Obituario

                  A las cuatro y siete minutos, Mateo la visitó para decirle que necesitaba un trabajo urgente. Quería que escribiera su obituario. La  primera reacción de Obdulia fue la risa pero como él no respondió con la misma emoción, decidió que mejor se ponía seria y le preguntó ¿Para cuándo? Ahora- le contestó con placidez. Así que se puso a pensar. No me va a entrar en las cuatro líneas permitidas en el periódico local. Vos escribí todo lo que quieras,-le explicó- dije obituario por decir, en realidad lo que quiero es que seas oradora durante el funeral. Como en las películas: quiero que te pares delante de todos los invitados y me hagas la despedida. Algo que los haga reír, tipo Stand Up, va a ser tu momento... Lo interrumpió con una pregunta boba: ¿Invitados?
Bueno, ¡es que va a ser una fiesta!

                 ¿Sabés? Cuando te enamorás de alguien que no se enamora de vos, terminás haciéndote amigo. Le había dicho el día que comprendió que sus tiempos nunca iban a coincidir. O no.-Dijo Mateo con seguridad. Obdulia supo que no cabía la menor duda de que ese ¨O no¨, que Mateo había pronunciado tratando de alojar una duda,  afirmaba categóricamente su amistad y sus enamoramientos recíprocos en tiempo asimétrico. Ese ¨O no¨,  confirmaba que  habían estado enamorados mutuamente en tiempos dispares, desiguales y que habían elegido quererse fraternalmente porque su amistad había sido muy anterior a la pasión. En los reiterados desencuentros de enamoramiento no correspondido y  a fuerza de no terminar odiándose, habían elegido quererse, mucho, ganando -junto con esa amistad maravillosa- confianza. Mateo por ese entonces, pasó a ser  uno de esos amigos que debía dejar de ver, una de esas gentes que prefirió mantener alejada para siempre y recordarlo como ¨persona que quiso mucho¨. De haber  seguido viéndolo, finalmente y de sopetón, hubiera pasado a integrar la lista de ¨personas no queridas¨ que eran esas que al recordarlas o reencontrarlas por azar en la calle o en  alguna celebración, hacían que  Obdulia bostezara para disimular su evidente enojo, su ceño fruncido que no era otra cosa que el reflejo del estremecimiento que sufría su corazón. A veces es así, se pasa del amor al odio violentamente, sobre todo cuando el amor fue mucho.
  
              Obdulia bostezó. Te extrañé, le dijo. Yo también, por eso vine. Entonces ella se puso a redactar, tranquila, unas cuantas perogrulladas: 


            Acá lo tenemos, muerto. Anoche, a  las cuatro y siete minutos de la mañana me vino a avisar que ya estaba muerto y que necesitaba que le escribiera su obituario, yo me reí,  nunca lo había visto tan vivo;  después me di cuenta que hablaba en serio. 




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